HORIZONTE

Verano y veraneo

Desde tiempo inmemorial sabemos ¡y sabían! todos los españoles lo que significaba la palabra verano; pero muy pocos conocían esta otra (por ser de uso mucho más reciente), “veraneo”. Algunos ni la llegaron a conocer. Los tiempos han cambiado el vivir de las gentes y ya todos disfrutamos con escasas diferencias. Antes, muy pocas personas tenían el privilegio, de esquivar los rigores de esta “estación” marchándose a lugares donde más fácilmente podrían librarse de ellos. Entre los “ricos” empezó a ponerse de moda San Sebastián, Alicante y algún otro lugar de la costa Cantábrica y Mediterránea.

Parecía que estos lugares eran exclusivamente de ellos y de sus descendientes. Eran estos pocos afortunados grandes “terratenientes”; dueños de muchas tierras, con ganaderías toda clase y criados, cuyas ganancias, (sin gran esfuerzo logradas) les permitían lo que entonces se consideraba como un lujo. Grandes industriales y títulos nobiliarios eran también benefactores de esa situación muy singular. Porque, generalmente, no buscaban únicamente la atención de su salud y el recobro de fortaleza para proseguir el trabajo, si no como algo de presunción y como base y exponente de una situación económica y señorial. Más tarde, algunas familias “venidas a menos” tuvieron que hacer verdaderos sacrificios de “puertas a dentro”, parar conservar una costumbre que ellos mismos habían establecido (creyéndola exclusiva para sí y sus descendientes) como distintivo de “clase”. El no “veranear” les dejaba al descubierto… ¡y eso nunca, antes de ello el hambre, y las estrecheces y privaciones que fueran necesarias en las otras estaciones del año! ¡Que dirían las familias de tal o cual apellido!

Luego los tiempos han cambiado de signo y como ya son muchas las familias “que van a más” se ha extendido extraordinariamente el área de veraneo, y el mar, la montaña, el paisaje, las bellezas naturales y monumentales de “todos sitios” han abierto de par en par sus puertas para todos. En cualquier “lugar”… se encuentran mezclados y confundidos grupos de personas de toda condición social y profesional gozando plenamente de lo que Dios creó para ese legítimo goce, ¡Claro que así debía ser y así ha sido! Por que Dios hizo el sol para que a todos nos alumbrara y nos calentara y creó el mar para que todos lo disfrutáramos (¡no para que luchen con él unos cuantos!) y tantas y tantas cosas para que fueran un recreo espiritual del hombre. No era justo que los mismos hombres, en grupitos reducidos, de cada localidad, fueran los benefactores exclusivos de lo que tan generosamente se nos concedió. Naturalmente que “esos” que se creían monopolizadores de esos privilegios ahora “ponen el grito en el Cielo“ creyendo que los demás les han quitado algo que consideraban solo suyo; …¡y algunos de ellos continúan con esa mentalidad y no pueden resistir el cambio! No quieren en manera alguna, que los demás usufructúen lo que han considerado como legítima herencia de sus antepasados con el derecho de transmitirla a sus descendientes. A los “otros” solo se les ha considerado con el deber y el derecho al trabajo y a la privación para la holganza, el recreo y la expansión de los que así pensaron vivir para siempre. Están muy dolidos de estos cambios y se nota claramente en sus manifestaciones.

Lo mismo ocurre en cuanto se refiere a los automóviles, radio, televisores y todo lo que el “progreso” va creando para beneficio y comodidad del hombre en general, no a una determinada clase, que se va borrando y desdibujando. Ya va siendo hora de que se vayan imponiendo los buenos sentimientos de todos y que veamos con gusto y complacencia esa elevación social de las gentes en cual quiera de sus estamentos.

Lo ocurrido es que el trabajo (en sus aspectos manual e intelectual) se ha impuesto y ha creado una nueva y auténtica aristocracia que será, al fin de cuentas, la que más disfrutará lo que vaya creando. ¡Ello es absolutamente justo y lógico! Porque hacer casas confortables para que sus constructores siguieran viviendo en cuevas y chavolas; fabricar coches para que quienes los construyen fueran andando al trabajo; el hacer piscinas solo para que otros se bañaran…, eso no lo puede querer Dios y, por no quererlo, no debemos permitirlo los hombres.

No todo está arreglado en el mundo, pero poco a poco se irán borrando desigualdades. La vida misma nos irá dando a cada uno lo que vaya mereciendo. Y eso sin “decretos” (aunque están impregnados del mejor espíritu), sin leyes, sin imposiciones, sino de una manera normal y natural… Se va viendo clara la trayectoria. El tiempo nos irá llevando suavemente a una situación en que los trabajos y los disfrutes estarán más igualados porque todo estará mejor repartido. Se ha iniciado un camino en que no caben retrocesos y que creo, en mi modesta opinión, que nos llevará a la mayor perfección posible. Pensando en la brevedad de la vida terrena, y que solo nos servirá para la Eterna nuestra obras, solo cabe que nos repartamos equitativamente trabajos y bienestares que son las únicas fuentes de donde puede brotar el amor al prójimo que, es en definitiva, el amor a Dios, en cuyos amores hemos de cifrar nuestra mayores “ilusiones” presentes y nuestras grandes “esperanzas” futuras.

Felices tiempos iniciales en los que, si todos conocemos la palabra “verano”, también conocemos en su auténtico significado la de “veraneo”.

LANZA, 23 de Agosto de 1966, pág. 3.
Por Venor.