Por una circunstancia especial he visitado, recientemente unos pueblos pequeños de mi partido judicial y que antes conocía y he quedado entristecido de cuanto he visto y presenciado. Por que es evidente que la tristeza contagia la tristeza. Las calles desiertas o alguna persona cabizbaja y pensativa rompiendo tenuemente aquel denso silencio. Hasta los niños no tienen la misma alegría en sus juegos, y sus risas dejan escapar un deje de dolor. Encontré dos de ellos junto a la fuente de un pueblo y con sus 8 o 9 años hablaban, muy seriamente de Palma de Mallorca, donde estaban sus padres y esperaban sus cartas. Sus madres, quizá les habían hablado de sus padres momentos antes y alguna lágrima se había asomado a sus ojos. Observé, con pena, la escena comprobando que aquellos niños se les habían roto demasiado pronto sus ilusiones infantiles. Porque estos niños han entrado, sin disfrutar su niñez, en el mundo de los mayores y hemos destrozados sus vidas. Ya se sabe que se es tanto más feliz cuantas menos responsabilidades se tienen, y al niño de hoy lo hemos “responsabilizado” sin la fortaleza física y moral necesarias. Les hemos echado la pesada carga del sufrimiento privándolos de la añoranza de tiempos felices. ¡No son buenos estos tiempos como generaciones de futuro! Las impresiones en el corazón del niño quedan tan fuertemente gravadas que les acompañan toda su vida, ¡Hay que cuidar mucho esto!
Visité unos pobres viejos con sus ojos hundidos en la lejanía, a la espera “siempre” del hijo que abandonó el hogar en busca de unos nuevos horizontes. “Aquí teníamos, con nuestro trabajo –dice el padre del ausente- un buen pasar, pero vinieron unos amigos suyos, que se habían marchado unos meses antes, tan bien vestidos y contando tantas cosas buenas de allá que “me lo engatusaron” y se marchó con ellos. Ya hace medio año que se fue y cada vez escribe más de tarde en tarde y poco nos dice de la vida que hace. Cuando él estaba aquí nuestra casa estaba llena de alegría, pero ahora… Al marcharse busqué un gañán para la yunta, pero también se ha ido “por esos mundos” y en la cuadra la tengo sin encontrar quien la “arree”. Entre esta pobre vieja y yo –señalando a su esposa- tenemos que cuidarla y como llevan tanto tiempo paradas nos da miedo pasar. Además de la gran pena de la ausencia del hijo, el dolor de ver las fincas “liegas”. Así continuó contando sus tremendas tristezas, y de aquellos ojos, constantemente húmedos, se escaparon dos gruesas lágrimas, que secó con su pañuelo “de hierbas”, mientras su mujer fue a ocultar las suyas a una habitación contigua a la cocina. Aparte de esta y otras muchas escenas por el estilo hay otras razones de tipo económico que hacen imposible la vida en estos pequeños pueblos. El empresario de un cine me dijo: “Con esto de irse la gente y sobre todo la juventud (que es la que gasta el dinero) ha sido mi ruina. –Me gasté un dineral en hacer este local (en el que estamos); en los primeros años me fui defendiendo, pero poco después empecé perdiendo hasta que tuve que cerrar. Y lo malo es que no le puedo sacar ninguna renta, por que lo mismo que me ocurrió a mí les ocurrirá a los demás. Ya no sé “que camino tomar”…Y, continué oyendo “lamentaciones” del herrero, del zapatero, del sastre… Y en el otro, y otros pueblos los mismos problemas, las mismas tristezas.
Los viajantes de comercio pasan raudos, con sus coches sin detenerse a visitar a sus viejos y buenos clientes, pues habiéndoles oído decir tantas veces: “No se vende nada, cada vez queda menos personal y los artículos se eternizan en los estantes…” han terminado por convencerse de la inutilidad de sus visitas, y las suprimieron radicalmente hace tiempo.
Aunque los pueblos pequeños se llenen de los mayores atractivos –jardines, calles asfaltadas, luz fluorescente, y lugares de distracción y esparcimiento… aunque el Estado y otros organismos se vuelquen- (como lo están haciendo) en estos medios rurales, los esfuerzos serán inútiles, porque la juventud y la madurez no se sujetan y nos encontramos con una magnifica jaula sin pájaro o con alguno sin ilusión en su vivir.
La “evasión” es una enfermedad de un rápido y fuerte contagio. Todos viven en estos pueblos, con la idea fija de marcharse. ¡Y ya se sabe lo que se puede esperar de las “vidas internas”!
Está claro el desvelo y la preocupación de los gobernantes por resolver este problema, sin solución, puesto que ella depende más de los demás que de los que dictan las leyes y están profundamente preocupados por este asunto. Opino (con perdón de gobernantes) que quizá (¡no me atrevo a afirmarlo!) haya dos soluciones.
LANZA, 1 de Julio de 1966, Pág.3.
Por Venor.