Se me ha invitado a escribir sobre este candente tema, por aquello de que “más ven cuatro ojos que dos”, cuando saben “ver”, que no es sólo el mirar. Gracias a Dios se van borrando del decir corriente las palabras “viejo y anciano” que parecen despreciativas, y aplicadas a la inutilidad personal. Se está utilizando, como corresponde, (¡ya era hora!) la palabra JUBILADO, y va recobrando sus verdaderos y justos límites. Hasta hace pocos años se les aplicaba esta “precisa palabra” a quienes siendo “funcionarios civiles o militares” cesaban en su función, por haber cumplido la edad reglamentaria y haber llevado los años marcados de servicios al Estado; a los demás, se les llamaba ancianos o viejos. Hasta en esto había discriminación social. Las palabras, pues, van marcando unos conceptos claros: de evolución, de transformación, de significación. Cuando se habla de democracia y se establecen diferentes calificaciones a personas que han cesado su actividad profesional, no hay tal democracia; en tanto que cuando la calificación de jubilado se aplica “a todos” los que son, entonces si existe. Por esta razón muchos países con el marchamo de “demócratas” son de lo más “anti”, y también se cumple su contraria. ¿Entendido?
Podemos considerar nuestra vida en tres etapas (brevísimas –alguien dijo “un soplo”-):
a) PREPARACION PARA LA PROFESIONALIDAD: Escuelas, centros de enseñanza media y superior, laborales y técnicas, becas, ayudas, préstamos… y cuanto contribuye a eso “formación” necesaria e imprescindible.
b) EJERCICIO DE LA PROFESIONALIDAD: Durante este periodo, prestamos a la sociedad aquellos “servicios” (a servir hemos venido al mundo), para los que nos hemos preparado, hasta su culminación. Es evidente que estos servicios son cada día más útiles y menos penosos. Así lo demuestran: la técnica, el maquinismo, la disminución de la jornada laboral, la progresiva supresión de esfuerzo físico (¡y hasta intelectual –computadoras, calentadoras, robots-¡), la especialización, los “puentes” frecuentes (¡algunos de media semana!), los “fines de semana”, y tantas cosas como van surgiendo para dulcificar y dignificar lo que llamamos trabajo (a veces pulsar un botón, o bajar una palanca), y que nos va alcanzando a todos. En este periodo es, generalmente, cuando damos todo el rendimiento, fundamos una familia, cuando aportamos nuestra experiencia y nuestras creaciones, y llegamos a las máximas responsabilidades de todas clases. Nuestra profesionalidad es más “vocacional” que nunca, pues los medios económicos no son la causa determinante de que nuestros hijos sean lo que nosotros, sino que existe una visible superación. Un obrero asalariado puede tener un hijo médico, ingeniero, licenciado en Ciencias exactas… y lo tiene.
c) JUBILACIÓN. Última etapa de nuestra vida (debe ser tan larga como cualquiera de las otras; -25 años de infancia y preparación; 25 años de profesionalidad y 25, y los más que Dios quiera, jubilados y gozando de atenciones y de la justicia en nuestros merecimientos-), cuando nos va fallando las facultades físicas e intelectuales. Como han dado su rendimiento social y han legado sus creaciones (¡todo es una constante perfección en lo que los anteriores nos legaron!) y hemos transmitido nuestra vida activa a los demás, es llegado el momento de la vida nuestra, y de recibir algo de lo que antes se ha dado a los demás.
Deben crearse cuantos “Hogares” sean necesarios, para que estas personas se sientan como en su propia casa y puedan, a sus anchas: leer el periódico, echar su partidita de: truque, brisca, tute, dominó… tomar café y algún vasillo de “blanco o tinto de nuestra tierra”, ver tranquilos la televisión… Sólo así daremos una gran facilidad, en sus propósitos y realidades a: gerontólogos, sociólogos, políticos, pedagogos, y a cuantos se dedican al estudio de la vida, y la educación.
Aquí tuvimos el Casino de “La Concordia”, remanso de paz y sosiego para estos hombres, pero está cerrado. Urge, pues, buscarle un sitio céntrico, donde estén cómodos y bien atendidos, ¡Es justo porque lo merecen!
Mi felicitación a los promotores, a quienes prometo toda mi ayuda incondicional, para que pronto sea realidad. Cuando llegue ese venturoso día, si Dios quiere, iré a felicitar a los jubilados amigos: Juan Jiménez Molina, Vicente y Juan Antonio Utrilla, Desiderio Matamoros, Esteban Ocaña, Manuel Juan Corral, Julio Molina, Rafael Ortega, Pablo Rioja “El Minero”, Alfonso Delgado y tantos otros, que lo necesitan y merecen. ¡Vaya para todos ellos, mi felicitación anticipada y un fuerte abrazo!
NOTA.- Recordemos algunas de nuestras prestigiosas figuras: Cristóbal Colón, Cervantes, Quevedo, Isaac Peral, Bécquer, Ramón y Cajal, Goya, Juan Ramón Jiménez, Juan Alcaide, Severo Ochoa, y tantos otros (que harían la lista interminable), para comprobar cuál ha sido ¡y es! el comportamiento de sus contemporáneos, ¡y el de los demás! ¿Será que hayamos empezado a cambiar de mentalidad y de sentimientos?
LANZA, 16 de Noviembre de 1971, pág. 6.
Por Venor.