HORIZONTE

El pantalón de tergal de Antonio

Hay hechos en apariencia intranscendentes, pero de un fondo moral extraordinario. Este es el caso de Antonio, que bien merece ser publicado y conocido. Antonio es un muchacho de 13 años que hace el reparto de nuestro LANZA en Alcubillas. El hecho en sí no reviste gran importancia, pero las circunstancia de este reparto, sí. Porque el muchacho, esta temporada está dedicado a la faena de “trilla” a las ordenes de un patrono y ha cumplir con todos sus deberes. Dispone de dos horas al mediodía para comer y descansar. Come deprisa, y con el último bocado marcha a la cartería a recoger su paquete de periódicos para proceder a su reparto. Corre como un gamo y tan pronto se le ve en una como en otra calle cumpliendo un importantísimo servicio social.

Cuando empezó la faena de la trilla yo estaba preocupado pensando cómo haríamos llegar esta “información diaria” a los suscriptores. Llamé al niño para que me dijera como habíamos de solucionar este problema… Y pronto se disiparon mis temores cuando me dijo: “Don José Vicente, usted no se preocupe de esto, por que con comer en diez minutos y no echarme “la siesta” está todo arreglado. Además, lo que usted hace con conmigo con nada puedo pagarlo…”. Me emocionaron sus palabras, que han confirmado los hechos.

Hace unos días lo encontré medio tumbado en una acera con el periódico abierto. Al verle en aquella postura le pregunté: ¿Qué haces así?, a lo que me contestó. “como tengo tan poco tiempo, estoy leyendo el artículo de usted y así lo leo más de prisa, porque de otra manera no tengo tiempo”. Poco después estaba al final de la calle.

El padre de Antonio es un modesto y honrado trabajador del campo, que ha asistido a las clases de “alfabetización”. Una de las noches me decía: “Yo ya tengo la mollera muy dura para que me entren las letras. A mi Antonio le entran muy bien, ya sabe mucho y yo quiero que aprenda todo lo que pueda, porque quiero que sea más que yo”. ¡Y bien lo merece! Porque “su Antonio “no falta ni un día a la escuela y se comporta magníficamente en todos los sentidos.

En el mes de Mayo tuvo otro detalle que revela su temple y su gran espíritu de sacrificio. Padeció una afección de garganta y con su pañuelo al cuello y su gran fiebre hizo el reparto todos los días. Es un verdadero héroe este muchacho, pero pocos conocen su heroicidad.

Cuando “hojeando” u “ojeando” alguna revista ilustrada veo tanto papel empleado en si el “hijo” del rey, del emperador, del político, del artista famoso…, han dicho “esto”o lo “otro”, hecho “esto” o “aquello”, pienso que hay muchos “Antonios”, en el mundo, de quienes nadie se ocupa y que pasan a nuestro lado sin que siquiera reparemos, ni un instante, en el bien que nos están proporcionando con su sacrificio. Son los héroes anónimos (¡y porque no queremos descubrirlos!) que nos rozan, con sus alas, y por quienes no tenemos ni una mirada de comprensión, ni una palabra de cariño, ¡A veces!, todo lo contrario. Está bastante “invertida” la valoración humana y por ende, la injusticia brilla por doquier con gran resplandor. ¿Por qué no intentamos remediar esta injusticia social? ¿Por qué no hemos de analizar, con detenimiento el mérito de cada uno y darle con arreglo a esto lo que le pertenece y es suyo?

Es una especie de robo a la personalidad. Un típico pecado de orgullo. Una lucha entre realidad y apellido. El querer aferrarnos a las formulas caducas y trasnochadas, que pasaron para siempre. Son los últimos coletazos de una sociedad ególatra y cómoda que ha tenido que ceder el paso, bien a su pesar a la aristocracia del trabajo. Y esto les duele enormemente a quienes creyeron conservar siempre “la suya” (con carácter exclusivo) a costa de los demás. No digo que estas frecuentes heroicidades, que cada día se dan más, sean privativas de una determinada clase social (¡líbreme Dios de tal aseveración!), ya que tan héroe puede ser el que habita en un palacio que el que “mora” en una choza. Pero en los que más casos se dan es en los “desamparados de todas las fortunas”. Las razones son obvias y no requieren explicaciones para nadie.

Hasta ahora poco he dicho que justifique el título de este modesto artículo. Pero lo voy a decir seguidamente: Hace unas noches se presentó Antonio en mi casa con una alegría desbordante y su bonito pantalón de “tergal” azul marino, puesto. Me dice: “Vengo a enseñarle el pantalón de “tergal” que me ha comprado mi madre con lo que he ganado repartiendo el periódico, y que usted me ha dado. Nos han sobrado 200 pesetas para comprarme unas botas este invierno, si Dios quiere para poder hacer el reparto…”. Me produjeron las más viva emoción sus palabras y mis ojos lo denotaron. Miré con cariño el pantalón de Antonio, pero también vi los tesoros de su alma, que tienen un valor inconmensurable en su persona.

LANZA, 20 de Agosto de 1965, pág. 10 y 12.
Por Venor.