Hablamos con frecuencia de tiempos pasados presentes y futuros. Estos últimos como proyección de los anteriores. Nada más relativo que el tiempo. Todos vivimos un constante presente. El tiempo no pasa, somos nosotros los que pasamos.
El tiempo como unidades cronométricas se van sucediendo ininterrumpidamente sin que nos tenga en cuenta a los mortales. El sol aparece todas las mañanas en el horizonte y va despareciendo sin que altere sus “leyes” sean las que fueren las circunstancias de nuestras vidas. Es verdad que hay horas que “nunca pasan” y “otras” que pasan sin darnos cuenta de ellas como unidad de tiempo, pero si como fuerte impacto en nuestro recuerdo. ¡Que diferencia entre aquellas horas en que tuvimos que demostrar nuestra suficiencia en unas oposiciones a las que siguieron cuando supimos que fuimos aprobados! ¡Que poco se parecen las horas en que fue operado quirúrgicamente un ser querido a aquellas en que lo vemos salvado!
Así en todo. Es decir que mientras para unos hay horas aciagas, tristes, inacabables…, para otros aquellas mismas horas constituyen alegría, satisfacción y felicidad.
Todo ello lo sabemos todos, pues “unas y otras” las hemos vividos en nuestro propio ser, sin que estas sean exclusivas de una determinada raza o clase social. Puede ser muy desdichado un rey, con un suntuoso palacio, lleno de poder, de grandeza de comodidades y de servidores… y puede ser muy dichoso el hombre más rústico en su choza…
Porque cada uno somos dichosos “a nuestro modo”. Ya no es cuestión de cultura, de espiritualidad, de moralidad ni de otra condición que nos distinga de los demás. Hay una perfecta correlación entre “el hecho en sí” y nuestro”modo de ser”, entre este hecho y nuestra formación. Las exigencias varían considerablemente de unas personas a otras, y cada una tiene las suyas (sin posible exactitud) cuya dimensión y contorno no se pueden fijar de manera concreta y categórica.
Después de estas consideraciones, conocidísimas de todos, voy a intentar justificar el título de este modesto artículo “Del ayer al hoy”.
En mi infancia conocí a los pastores de mi pueblo, que solo les veía el día de La Patrona, con su rústica indumentaria consistente en una “chaqueta de pañete” su chaleco de mal curtida piel de carnero (con botones que eran pesetas de plata), su pantalón de paño burdo o de fuerte pana al que se ajustaban ceñidísimos unos “reales” o “puntilleros”, que, partiendo de las “albarcas” (o abarcas) de vaqueta (más “curras” que las de piso de goma), apisonaban las piernas con numerosas y simétricas vueltas. Esta “agujeta” de material terminaba en una airosa borla. Su cabeza la cubrían con la clásica “montera” (de piel de cordero), y en el invierno usaban su típica “zamarra” de piel de cabra.
Cuidaban mucho el calzarse sus albarcas y ningún otro trabajador del campo les aventaja en este menester.
Cuando volvían “del rodeo“ llevaban la harina en su “harinero”, (piel de carnero desollado a piel cerrada), el aceite en su enorme “aceitera”, y en sacos de piel, las patatas y pocas cosas más, ya que su cocina era muy reducida y poco variada.
Un par de veces a la semana “echaban” su torta (de un sabor especial –llamada de pastores-) que usaban como nadie… y con pastas secas convertidas en brasas sometían a la cocción. Aquel era su “pan de cada día” y algunos no comieron otro. Con esa torta hacían sus célebres “galianos”, añadiendo “chorreones” de aceite en el típico “caldero”, que manejaban a las mil maravillas.
Cuando les visitaban en sus cabañas sus “amos” (ya se ha perdido esta palabra) acompañados de otros “señoritos” les hacían los “galianos” con conejo (que estos cazaban) y todos comían en santa hermandad sorprendidos del grato sabor de aquella típica comida. ¡Cuántas veces han acudido grandes señores, con los más altos cargos, a las cabañas de estos pastores manchegos para degustar los galianos y compartir con los pastores unas horas de sana alegría oliendo a cabaña…, a tomillo y romero.
Por las noches hacían su caldo de patatas (o moje de patatas) o sus “gachas” de harina. Con estas dos o tres comidas y sus sopas de leche, amén de alguna “res” que se moría o que ellos la mataban de un garrotazo o de una pedrada (luego presentaban la piel al amo para justificarse) y que comían en “tasajos”, asada o frita quedaba casi completa su cocina. Algunas veces a la “res” muerta le quitaban los huesos, le adicionaban sal, ajos y aceite liándola primero y dejándola secar después llamándola “salau” que iban consumiendo en días “señalados” y como obsequio a quienes les visitaban. Su casa era una “tienda de lona” ( que dejaba pasar el agua y el viento” o un “chozo” con ramajes de “chaparro” cubierto con “juncos” y “retama”, en cuyo interior y en los más alto pendía el “zaque” con agua “fresquita en verano y templada en invierno”. Sus camas se reducían a unas ramas de “carrasco” unidas con “juncia” o “guitas” de esparto en las que echaban sus sacas de lona llenas de paja, cubiertas con las “zaleas”, pellejos de carnero y mantas de mucho peso y poco abrigo. Otros echaban su saca en el suelo sobre hierbas secas o paja y este “camastro” al levantarse (¡con estrellas!) lo dejaban muy bien envuelto colocando en su interior toda la variada ropa (incluso la “anguarina”) que les servía de abrigo.
Sus asientos consistían en unas tablas, cortadas a cuchillo o navaja con tres patas llamadas “tres-pies” o en una especie de cilindro de soguillas de “anca” o juncia de unos veinte centímetros de altura y otros veinte centímetros de diámetro llamados “posones”.
La lumbre era permanente en la puerta de la tienda o del chozo y el “mastín” se acurrucaba junto al fuego “atisbando” al interior y al rebaño.
Partían los pastores con el “vacío” las “paridas” o los “recentales” buscándoles los sitios más apropiado del “quinto”. Pero antes de ello dejaban cada cosa en su sitio: el “sobador”, el “carnero” el “harinero” el sobrasador, etc., etc. Cuando volvían contaban las “incidencias” del día y disponían la cena y la cama, para reparar fuerzas agotadas de tanta soledad.
El mayoral el ayudador y los zagales hablaban sosegadamente, sentados en sus camastros (medio tumbados) de mastines, lobos y pastos, lluvias, rastrojeras, invernaderos, abrevaderos, paridera, precios de la carne, mojoneras etc., etc. Un léxico con sus impresiones de todos los días.
Su mundo era montaraz, abrupto y áspero (como el suelo que pisaban y vivían) pero sus vidas eran suaves uniformes y sencillas.
Gabriel y Galán se dolía del comportamiento de estos hombres en “Los pastores de mi abuelo”, pero yo creo que no había tal rencor “a los demás” sino que se estaba gestando, desde entonces, una transformación en esta sufrida y abnegada profesión.
Sabían muy bien vender “a ojo” y cuando le “echaban mano” a los riñones de un cordero apreciaban casi con exactitud su peso. Tenían una gran habilidad en contar el ganado “a chorrillo” dando un golpecito con su “cayado” a cada res que iba pasando.
Aunque ha quedado como refrán aquello de “carnero, fuera duro a la montera”, lo cierto es que en eso de las cuentas con los dedos nadie pudo engañarles. Aquello de “dos hombres y un pastor” pasó a la historia hace muchos años.
Mi concepto de los pastores en mi infancia es reducida a lo que había visto en ellos (su gran rusticidad) o como me lo imaginaba camino de Belén cantando villancicos en la adoración del Niño-Dios y tocando rabeles y panderetas. Mi fantasía me los hacía ver muy rústicos; pero muy buenos.
Casi todos (no me atrevo a decir “todos” por no ofender “a ninguno”) eran “iletrados” (suena mejor que analfabetos), aunque supieran el arte de que todas sus ovejas “aparearan” y “ahijar” algunos corderos a las ovejas del amo… No sabían ni que existían escuelas.
Han pasado los tiempos y los pastores de hoy se han incorporado a la sociedad (a la que prestan un gran servicio) con la dignidad que siempre merecieron. Como dato elocuentísimo y demostrativo de ello les diré a mis lectores que de los tres pastores de esta localidad, dos de ellos llamados Francisco Rodríguez Patiño y Ángel Sánchez Rodríguez son suscriptores de nuestro periódico LANZA. El detalle es bien significativo y habla por sí mismo de lo que va del ayer al hoy.
LANZA, 25 de Marzo de 1965, pág. 5
Por Venor.