Soy un enamorado de la sana libertad y de la santa paz que en el campo se disfruta. Voy a él cuantas veces mis circunstancias me lo permiten. Se está viendo cada día triste, más solo, más despreciado… Si no fuera por el ruido esperanzador de los motores ya hace tiempo se hubiese visto totalmente abandonado, en cuanto al trabajo se refiere. Ha sido necesario quitarle “vigores”, inclemencias, sudores… para convertirlas en facilidades, en bondades, en comodidades… Se ha dignificado el trabajo, en los últimos tiempos de manera asombrosa. Entre efectuar la faena de “siega” con la hoz en la mano y el cuerpo encorvado, a realizarla manejando el volante de una “cosechadora”, no cabe duda que esto último es bastante más cómodo, más digno y, sin duda alguna, “más elevado”.
En el buen tiempo el campo se ve concurrido en domingos y días festivos. Parece que ha quedado para lo contemplativo, y como fuente de salud y de esparcimiento. Hay aquí, no lejos del pueblo, un sitio recoleto, escondido, hermosísimo… donde acostumbro ir con frecuencia, acompañado de mi familia, algún libro, cuartillas y mi bolígrafo. Allí respiro, leo y escribo a mis anchas. Es gratísimo permanecer “allí”. Tiene, dentro de la docilidad que lo circunda, algo de montaraz. Crecen en aquel lugar, con profusión, los “tamujos” con sus feas bolitas amarillentas entre los pinchos de sus ramitas. Cada vez que las veo saco estas dos conclusiones: 1. ª que la madre siempre defiende al hijo, y 2. ª que ningún hijo le parece feo.
Alrededor de este lugar veo la tierra, preparada para la fecundación o mostrando sus bellísimos alumbramientos; en su “verde” esperanza, o en su “dorada” realidad… Y muy cerca están las viñas que siempre nos hablan de ilusiones de todas las épocas y un recuerdo gratísimo de solemnidades de nuestro pasado y de realidades de nuestro presente…; y así será en lo sucesivo.
Un poco más allá están los las pequeñas parcelas de olivos, con sus hojas plateadas y ofreciendo su fruto, tan necesario para nuestro diario vivir… Y a lo lejos se divisan las feraces huertas, con sus “artes” dispuestos y en vigía permanente para cumplimiento y provechosos deberes.
Desde aquí (¡donde lo escribo!) veo el pueblo situado en una ladera tan blanco como el campo de la nieve, y en su centro geométrico la torre de la Iglesia con su Sagrado Corazón como supremo consuelo de presente y esperanza de futuro. A derecha, la ermita de San Isidro, el santo labrador y junto a “ella” los cerros donde está encerrada toda la historia antigua de este pueblo; (con su origen greco-romano) que allí se conserva.
Cruza un rebaño de hermosísimas ovejas (manchegas) de esta nuestra tierra; los pastores al borde del camino protegiendo las siembras y, sin puesto fijo, el “mastín”, con aire sosegado, de retorno, de fin de jornada… completando esta bella estampa tan llena de contenido humano y patriarcal. ¡Cuánta grandeza, si supiéramos analizar!
Poco después contemplo, maravillado, esta bellísima ”puesta de sol”, que embarga el alma. En este momento envidio a los pintores (¡quien lo fuera!) y quisiera verlos a mi lado, con sus caballetes, sus lienzos, sus paletas, sus colores, su inspiración… para reproducir con la mayor fidelidad, lo que solo puede venir del Cielo.
Con poca luz regreso a casa. El Sol manda sus últimos resplandores, y los demás astros van mostrando, poco apoco, su grandiosidad, en unos mundos misteriosos donde nunca podrán llegar los hombres por mucha que sea su inteligencia y su soberbia.
Cada vez que voy al campo me cautiva su armonía, y estoy más cerca de Dios.
LANZA, 3 de Enero de 1969, pág. 7.
Por Venor.