Mi casa tiene un patio común de vecinos. Uno de estos, llamado Isidro Ortega Jiménez, se marchó a Madrid, con su familia, dejando aquí un perrillo que había criado en su casa y que le acompañaba todos los días al campo.
El citado perrillo quedó en poder de un cuñado suyo llamado José Abad Torrijos, quien le atendió con toda solicitud y cariño.
Viendo que el perrillo, tan pronto como se veía libre, marchaba a casa de su antiguo dueño, decidió el señor Abad tenerlo algunos días encerrado en su corral, encargando a su familia que lo atendieran bien, a fin de que olvidara su antigua casa.
Después de varios días de encierro y de cuidados decidió llevarlo al campo atado al carro, pero tan pronto se vio libre emprendió veloz carrera hacía la casa donde nació.
Tras varios intentos para acostumbrarle a que le acompañara y permaneciera con él en el campo tuvo que desistir definitivamente.
El perrillo lleva un año junto a la puerta de su antiguo “amo”, mirando, con ojos suplicantes con la esperanza de poder algún día verle, más para expresarle su alegría que para reprocharle su abandono. De vez en cuando se da un paseo por el patio (del que nunca sale), pero en seguida se “tumba” cerca de la puerta donde se pasa horas y horas.
Observado todo por los vecinos del patio, empezamos, unos y otros, a proporcionarle agua y comida al fiel perrillo, que, por lo visto se ha propuesto morir donde nació. No se ha contagiado de esa “fiebre” de evasión de las gentes, que de no limpiarse, dejará convertidos los pueblos pequeños en un montón de escombros y ruinas.
LANZA, 26 de Febrero de 1965, pág. 7
Por Venor.